Un buen viaje a Portugal en coche

Bello vecino tenemos al oeste de la península ibérica, desconocido por unos y adorados por quienes lo conocen bien.

Tengo un vicio que solo puedo hacer una vez al año, por economía y tiempo, sobre todo tiempo. Consiste en elegir una comunidad autónoma y dedicar varios días a recorrerla en coche, visitando aleatoriamente pueblos y ciudades, sin ruta establecida ni alojamiento reservado. De verdad que es algo casi mágico.

Hasta la fecha siempre he viajado de esta manera con mi pareja, exclusivamente en el ámbito nacional, pero este año decidimos adentrarnos en Portugal en coche por aquello de “mira que está cerca y no hemos ido nunca”.  Ahora podemos decir orgullosamente que hemos estado y he de reconocer que me ha sorprendido en muchos aspectos.

Nuestro objetivo, como primer contacto era recorrer la mitad norte de Portugal, descubriendo sus pueblos y ciudades, aventurándonos por sus carreteras mientras evitábamos las autopistas ya que te quitan el paisaje autóctono y además, para ser honestos, también se llevan una cantidad notoria de euros con sus peajes.

Comenzamos nuestro viaje entrando a Portugal desde Badajoz por la A6 portuguesa. Como partíamos desde Madrid, y habíamos hecho varias paradas por el camino visitando diferentes puntos de nuestro territorio llegamos de noche, con una tormenta que no era normal. Ibamos prácticamente solos (al viajar a mediados de Octubre fuera de temporada) y menos mal porque estaba la conducción bien complicada.

Entre torrentes de agua, los limpias al máximo de su poderío, de noche y prácticamente patinando con cada charcazo acumulado en el asfalto llegamos a un pueblo casi fronterizo con España, Elvas. Con la que estaba callendo decidimos hacer trampas (al ser un viaje de placer todo vale, mira tu) y buscamos en internet (bendito 4g) algún sitio que nos pudiese adoptar por una noche. De esta manera nos topamos con el Residencial Luso Espanhola que, en aquel momento, nos pareció la panacea. La noche terminó en una limpísima habitación, baño impecable todo ello aderezado con la amabilidad y simpatía del regente del hostal. Por solo 30€ pudimos retomar fuerzas y descansar. Lo mejor las almohadas, sin duda.

Cuando amaneció, aunque nublado, era otro cantar. En Portugal hay una hora menos que en España así que nos levantamos pronto.. muy pronto. Agradecimos al regente que nos permitiese dejar el coche aparcado mientras recorríamos Elvas por la mañana. A destacar el acueducto que es bastante más largo e imponente que el nuestro de Segovia. Su casco histórico y sus gentes ya nos dieron una gran pista de lo que nos esperaba en Portugal.

Al no ser un pueblo muy grande a media mañana (ya os dije que nos levantamos muy pronto) decidimos coger el coche rumbo a Lisboa, del tirón. Si era tan bonita y característica como dicen pensabamos pasar allí un par de días. Manos a la obra, salimos felizmente enamorados de Elvas por la carretera N246 y cuando vimos el letrero de la A6 LISBOA pensamos, “¿por qué no? Así llegamos antes”. Fue un error. Llegamos a Lisboa a las 2 horas y pico (normal por la distancia) pero nos supuso un peaje de 20€. En ese momento nos dimos cuenta de que a pesar de tener unos carteles muy chulos en las carreteras – diferentes a los nuestros – tienen unos peajes también muy, pero que muy chulos.. y modernos.

Habíamos escuchado que el centro de Lisboa con el coche era una locura así que optamos por la zona norte, tiene su encanto ver la perifieria de las ciudades, es donde no hay turismo apenas y se ve el día a día real de sus gentes.

Impresionante el puente que cruza el río Tajo, bueno los dos puentes son preciosos, pero  el llamado Puente Vasco da Gama fue el que cruzamos con el coche y nos encantó su longitud, su infraestructura y su eficacia. Un diez para nuestros vecinos portugueses. Lo construyeron por lo visto para liberar el tráfico que tenía que soportar el antiguo puente 25 de Abril.

Puente Vasco da Gama - imagen original de disfrutalisboa.com
Imagen original de disfrutalisboa.com

Atravesamos la periferia y llegamos al centro, sin meternos del todo por si las moscas. Acabamos dejando el coche en un parking de la plaza de Restauradores  que por el precio que nos había costado el peaje nos permitía mantener el coche guardadito 24 horas. Si conocéis Madrid algunos parkings te cobran esos 20€ por unas pocas horas.

Comimos en una terraza un exquisito bacalao (8€ el menú) y preguntamos al camarero por un hostal que estuviese bien. Un hombre con gracia, captando clientes y guiris de forma cómica. Cuando llegamos a la terraza estaba vacía pero en cuestión de minutos no había ni una silla libre, que crack. Nos recomendó uno que había en un portal cercano así que decidimos ir a mirar, preguntar precios y ver si nos interesaba para desentendernos y pasar el día tranquilamente en Lisboa.  La primera impresión fue buena, aparentemente estaba todo muy limpio. (Viajamos sin alojamiento fijo, pero como os habréis fijado valoramos la limpieza). Aceptamos la habitación con la tendera y llave en mano nos marchamos a caminar por las empinadas calles de la ciudad.

Anduvimos por la Rua Áurea mirandolo todo cual guiri recién llegado. Nos pareció precioso el ascensor de Santa Justa aunque no subimos por la cola inmensa que había, pensamos que habría puntos más altos desde donde admirar Lisboa, y así fue. Tras alguna que otra paradita – un café con un pastel de Belem (o pastel de nata si no es el oficial) – llegamos a la Praça do Comercio, preciosa, majestuosa. Dio la casualidad de que había dos transatlánticos en el puerto y nos embobamos mirando su tamaño mientras paseábamos bordeando por la orilla del Tajo. También tuvimos que rechazar algunas cuantas ofertas de hachís durante el recorrido.

Sin darnos cuenta habíamos andado lo suficiente como para ver que en lo alto, muy cerca nuestra, había un castillo. Allá que fuimos, adentrandonos por callejuelas estrechas nos vimos rodeados por el encanto del barrio de Alfama y Castelo. Escaleras, cuestas, adoquines, bares, tiendas, gente y mucha belleza. Por no extenderme mucho no entraré en detalles pero merece la pena recorrerlo.

Ya que habíamos visitado el barrio más antiguo de la ciudad queríamos culminar la pateada entrando al Castelo de Sao Jorge, aquel que vimos cuando estabamos abajo del todo. Una vez atravesados sus muros te deleitas caminando por las murallas, visitando sus ruinas, los pavos reales y lo mejor de todo, las vistas. Prácticamente todo Lisboa a nuestros pies, en un atardecer de fotografía. Hicimos alguna foto, pero esas cosas son para disfrutarlas en vivo y no tras un objetivo, al menos así debía ser en este viaje. De lo más recomendable de la capital portuguesa. Ver anochecer desde el Castillo de San Jorge.

Omitiré los detalles de la habitación donde dormimos.. por no crear traumas a nadie, pero ni limpia ni cómoda. Nos salió la noche por 35€ y decidimos que el siguiente alojamiento pagaríamos un poco más por algo más.. humano.

Volvimos a levantarnos muy pronto, devolvimos la llave de la habitación del pánico y nos tomamos un buen café con su respectivo pastelito de Belem. La siguiente parada era precisamente al lugar de los pasteles, la Torre de Belém. Cuando vas a viajar a un sitio donde no has estado nunca pero mucha gente si todos te recomiendan sitios y uno de ellos era éste. Consideremoslo visita obligada. que por cierto no tiene desperdicio.

Bajo los flashes de cientos de japoneses y acompañados de multitudes de la tercera edad visitamos la torre. Es pequeña, bonita, pero desde fuera se ve igual de bien la verdad. Después otro café con su pastelito acompañando. Me he hinchado a pasteles en este viaje.

Continuamos rumbo a Sintra, al también conocidisimo Palacio da Pena, que a pesar del nombre mola mucho. Pagamos 14€ por persona para ver el castillo junto a sus jardines. Es tan grande aquello que nos metimos donde no era y acabamos a las puertas del Castelo dos Mouros el cual requería de más dinero para verlo. Mientras hablábamos con el caballero de la entrada cotilleamos lo que alcanzaba la vista y decidimos no pagar más y dar media vuelta a palacio. Dicen que el Castelo dos Mouros tiene unas vistas increibles, tal vez para otro viaje.

Palacio da Pena – Foto original de destinosa1.com

El Palacio da Pena mereció la pena, valga la redundancia. Es una mezcla de estilos arquitectónicos muy bien llevados. A mi personalmente me encantaron los arcos del mirador (me recordaban a Asturias no me preguntéis por qué) y también una escultura en uno de los arcos que daban acceso a uno de los patios. Macabra, grotesca y a su vez preciosa. No os contaré toda la visita por aquello del spoiler, no está muy bien visto en internet. Si pasáis por allí aunque sea ultra turístico es parada obligatoria, y sus jardines también.

Era media tarde y nos apetecía perdernos un poco más hacia el norte, recordamos que nos habían hablado muy bien de un pueblecito pesquero de nombre Peniche. Cogimos la guía de carreteras y elegimos la N247, para evitar peajes y por verificar si era cierto el mito de que las carreteras portuguesas son malas. No lo son.

Llegamos a Peniche ya casi anocheciendo, apenas había turistas por allí. Es una península pequeñita asomandose al atlántico, pueblo absoluto de pescadores donde era de necesidad cenar pescado fresco. Resultó ser un pueblo muy tranquilo, un remanso de paz después de haber estado entre las masas de la ciudad. Tienen una fortaleza y un puerto donde pasamos un buen rato observando los faros y los barcos pasar. Esa noche nos dimos un lujo y tocó hotelito. Nos lo merecíamos después de la habitación del pánico de Lisboa.

Cuando ibamos hacia Peniche hicimos una parada para ir al servicio y tomar otro café con pastelito. Allí la dependienta, encantadora y paciente nos recomendó un pueblecito no muy lejos de Peniche que es totalmente medieval. Ese fue nuestro siguiente destino tras amanecer en Peniche e hincharnos con el desayuno buffet.

Siguiendo la N114 llegamos a Óbidos. Mágico, acogedor, medieval y con buen turismo, también japonés. En este caso no nos molestabamos, había hermoso pueblo para todos y no estaba exageradamente masificado.  No tuvimos la suerte de llegar en festividad que por lo visto son espectaculares y todo el mundo va disfrazado.  Comimos en un restaurante que otrora fue una cárcel medieval y mantienen la estética. Escudos, espadas y jaulas. Un lugar pintoresco digno de mención.

Óbidos - imagen original de lisbonhost.com
Óbidos – imagen original de lisbonhost.com

En Óbidos nos hablaron de Nazaré, otra ciudad espectacular de Portugal. Para llegar cogimos la N8, después la N242. Nazaré es muy bonito, a dos alturas. Tienen un ascensor (un tranvía como los de Lisboa) que te mueve de arriba abajo y viceversa. Desde la parte de arriba las vistas son simplemente espectaculares. La playa inmensa a tus pies, los tejados de las casas. Otra ciudad que deberemos visitar con más calma en el futuro.

Había mucha gente y nos apetecía algo más tranquilo así que hicimos trampas de nuevo. Usando internet encontramos un sitio algo alejado de todo que, como no, se convirtió en la siguiente parada.

Vimos en el mapa que hay una porción de costa que no está edificada y queríamos intentar conocerla. Entre Nazaré y Figueria da Foz no parecía haber mucho o nada en la zona de costa.

Sao Pedro de Moel - imagen de tripadvisor.com
Sao Pedro de Moel – imagen de tripadvisor.com

Cogimos la N242 hasta llegar a una carreterilla (ER424-2) rodeada de bosques. Inmesos y eternos bosques de pinos altos como para tapar la luz del sol. Así llegamos a Sao Pedro de Moel, pueblo desierto pero muy bien cuidado. Parecía algún lugar de veraneo que al estar fuera de temporada estaba completamente vacío. Más adelante descubrimos que era playa surfera. Pasamos aquella tarde en la playa viendo a algunos surferos buscando olas mientras dos pescadores refunfuñaban porque los surfistas espantaban a los peces. Nos alojamos en HomeMoel Hostel. Quiero dar mención a la calidad en todos los aspectos de este sitio. Limpio, tranquilo, cómodo y con un concepto muy interesante que llaman Honesty Bar. Hay una cocina compartida con su nevera y utensilios. Todo está disponible. Dejan una pizarra con los precios reducidos de cada cosa y confian en que abones el precio de cada producto que consumas, sin vigilancia ni desconfianzas. Nos fascinó el buen ambiente con los demás hospedados y el trato recibido por los dueños. Todo fueron 40€.

Al día siguiente desde aquel pueblecito rodeado de bosques miramos de nuevo el mapa. Vimos que no estabamos muy lejos de Aveiro, ciudad que algunos describen como la Venecia Portuguesa. Por el camino nos confundimos y caímos en la A17 pensando que sería de peaje tradicional, paras – pagas. En Portugal existe un sistema de peaje automatizado que llaman Portagem. Son unos sensores colocados a lo largo de las autopistas y autovías que detectan automáticamente la matrícula de tu coche y automáticamente imputan un cobro. Para poder pagar las tasas de estos telepeajes automáticos tienes que ir a una delegación de correos para comprar una tarjeta prepago o valorar otras opciones. Hay muchas pero nos pareció un tanto complejo cuando se trata de vehículos extranjeros. Al final en Aveiro compramos una de esas tarjetas (20€) y respiramos tranquilos sabiendo que por donde ya habíamos pasado se incluía dentro de la tarjeta comprada después. No nos gusta tener deudas.

portagem

Aveiro lo vi más bien del montón. Tienen góndolas y dimos un paseo por los canales de la ciudad. Es bonito pero muy industrial. Decidimos continuar hacia Oporto porque habíamos escuchado a diferentes paisanos portugueses que era incluso más bella que Lisboa. Esta ciudad nos cautivó. Nos dio rabia no poder dedicarle más tiempo y hemos pactado volver en el futuro para pasar varios días conociendo sus callejuelas, sus plazas, sus puentes, todo. Hermoso Oporto.

Esa noche nos marchamos de Oporto por cuestiones de aparcamiento (hay parquímetros y no teníamos donde guardar el coche sin pagar en exceso). Pues bien, terminamos en Braga, aprovechando que anochecía y teníamos la tarjeta de los peajes fuimos por la A3 directos. Nos alojamos en un hotelito que estaba de oferta llamado Hotel do Lago. Es donde mejor hemos dormido en todo el viaje. Ubicado en un parque natural con aire puro y relax absoluto.

Por motivos económicos sobretodo tuvimos que dejar el viaje tras el descanso en Braga y volvernos a España. Eso si, lo hicimos por una carretera espectacular, la N103. Vistas que pensé que no quedaban en la península. Bosques, montañas, mucho verde. Una gozada de carretera, algo complicada en ciertos tramos pero nada sufrible o extremadamente peligroso.

En cuanto entramos a Galicia (salimos por el norte) llenamos el depósito del coche que estaba tiritando y no queríamos echar gasolina en Portugal. Estaba el litro (Gasolina 95) a 1,5 y en Galicia ya a 1,2. Se nota en el bolsillo.

Como primer contacto lo que podemos asegurar es que volveremos a Portugal. Hay muchas cosas que no he contado porque si lo hiciese tendría que escribir un libro.. y tampoco creo que sea de interés público cada detalle.

Desde esté rincón de la red agradezco a todos los portugueses con los que tuvimos trato su respeto y su amabilidad. Un ejemplo a seguir y desde luego son los mejores vecinos que se puede desear. Careros en algunas cosas (Menús, gasolina, peajes) pero lo compensan con el encanto de sus tierras.

 

 

 

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