El precio de la vida y la muerte

Quien no tenga que pagar facturas que levante la mano.

Imagino que solamente habréis alzado el brazo los menores de edad que vivan con sus padres (o algún adulto que ha prolongado su juventud en casa hasta los 30.. o más).

“La vida es cara” es tal vez una de las frases hechas que se escuchan más veces a lo largo de nuestra existencia.  Es una lástima tener que otorgarle la verdad puesto que el precio de la vida es bastante elevado incluso dejando a un lado el plano económico. Puede que hable de ello en un futuro, en otro post.

En este caso mi intención no es otra sino hablar sobre como el precio de la vida y la muerte afecta a nuestros bolsillos.

Recientemente un familiar muy cercano dejó este mundo para adentrarse en lo desconocido. Ya había escuchado sobre los problemas burocráticos y económicos que trae consigo la parca pero ahí fue cuando descubrí realmente el verdadero precio que debemos pagar por morir. Así es lectores, pagamos hasta cuando no estamos presentes en este planeta.

Todos conoceréis a alguien – o tendréis un familiar – que tiene un seguro de vida, que está pagando ya sea mensual o anualmente para su entierro.

Antiguamente cuando se compraba un sepulcro en un cementerio había una cláusula que rezaba “perpetuidad” y según la Real Academia de la Lengua Española:

perpetuidad.

(Del lat. perpetuĭtas, -ātis).
1. f. Duración sin fin.
2. f. Duración muy larga o incesante.

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Resulta que tras haber pagado un buen dinero en su momento, el estado (gobierno y derivados) saca una ley que contradice el significado de una de las palabras más importantes de nuestra lengua. Dicha ley estipula que si pasan 100 años y no se renueva el pago de esos sepulcros “perpetuos” te deniegan el permiso a enterrar a nadie más ahí. A fines prácticos el problema se presenta aquí. Debes comprar un nuevo sepulcro (desde 9000€) o buscar que hacer con tu familiar ya que no te permite el gobierno enterrarlo en el sepulcro que ya se pagó en el pasado y supuestamente era perpetuo.

Esta es solo una de las dificultades que se presentaron en nuestro caso, pero por respeto a las personas involucradas no entraré en más detalles. Simplemente expongo mis experiencias con el precio de la vida y la muerte, que nadie está exento de pagar. Bueno, tal vez unos pocos privilegiados que se jubilan a los 7 años de trabajar, cotizan en el extranjero y sangran al pueblo puedan permitirse desembolsar tales cantidades. Total, ese precio al final lo pagamos nosotros, el pueblo.

 

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